El pasado martes 17 de febrero nuestro comedor parecía haberse desorientado un poco. Es que no podía comprender si nos habíamos desplazado en tiempo o espacio: ¿estábamos en los juegos olímpicos de invierno?, ¿en el robo del Louvre?, ¿en la mítica localidad de Júzcar?, ¿en las granjas del viejo oeste estadounidense? O, ¿en el Imperio Romano quizás? Para colmo, la fauna marina y terrestre colaboraba en la confusión: un par de monos traviesos bajaron de las ramas para el festejo, y una tropilla de alocados caballos de mar desafió las capacidades de su especie al respirar fuera del agua.
Por supuesto había una simple explicación, estábamos de carnaval y por eso la desorientación: el disfraz se vuelve juego, inversión de roles, alegría y fiesta. Momentos así nos recuerdan que la alegría y las celebraciones compartidas son tan necesarias como las cosas que nos parecen esenciales.


